Tollan, la Tula Tolteca
Toltecas. Durante aproximadamente dos siglos y medio —del 950 al 1150 d. C., según una cronología afinada con decenas de fechamientos radiocarbónicos y arqueomagnetismo— la sociedad tolteca tomó forma en torno a la ciudad de Tollan-Xicocotitlan (Tula, Hidalgo). El primer impulso urbano cristalizó en Tula Chico y, con el traslado del centro ceremonial, en Tula Grande: un paisaje de plazas porticadas, juegos de pelota y plataformas coronadas por columnas esculpidas que sostenían techumbres hoy perdidas. Esa continuidad entre ambos núcleos y su final violento —incendios que marcaron la ruina de edificios clave— enmarcan el arco de vida de la Tollan histórica, confirmada como la “Tollan” de las crónicas por la investigación arqueológica y etnohistórica. (Cambridge University Press & Assessment, Arqueología Mexicana, mesoweb.com)
En la cúspide, la ciudad abarcó del orden de 14–16 km² —una urbe densa para el Posclásico Temprano— articulada por conjuntos residenciales amurallados y ejes que conducían al recinto sagrado. Las excavaciones revelan compuestos domésticos con patios y cuartos múltiples, y una arquitectura pública de grandes salas columnadas como el llamado Palacio Quemado, entendido hoy menos como “palacio residencial” y más como espacio administrativo y de reunión. La “plaza de los atlantes” —las columnas guerreras de la Pirámide B— y los relieves de pilastras y serpientes-columna codificaban jerarquías, investiduras y entradas rituales. (JSTOR, Lugares INAH)
Estructura social

La estructura social combinó una élite gobernante y sacerdotal, colectivos militares y una base amplia de artesanos, comerciantes y agricultores. El discurso visual de águilas y jaguares, muros de serpientes (coatepantli) y la propia iconografía de los atlantes subrayaban el papel legitimador del guerrero y del ritual; en Tula, el coatepantli muestra serpientes devorando esqueletos, una escena asociada a sacrificio, renovación y poder, tema que más tarde heredarán los mexicas. En paralelo, talleres y barrios especializaban oficios: obsidiana, cerámica, tecali (travertino), figurillas moldeadas tipo Mazapán y textiles, formando un mosaico económico que sostuvo a la ciudad y su hinterland. (INAH, Cambridge University Press & Assessment, Revistas INAH, Academia)
Economia
La economía se apoyó en la agricultura de maíz, frijol, calabaza, amaranto y maguey en el valle del río Tula y laderas aledañas, complementada por recolección de tunas y mezquite y por la cría/consumo de guajolote y perro —un patrón conocido en el altiplano que en Tula se reconoce por restos florales y faunísticos de campo—, y por una artesanía intensiva con circulación regional. La proximidad a la Sierra de las Navajas (Pachuca) —la célebre obsidiana verde— explica tanto el volumen de talleres líticos como la proyección comercial; a la par, circulaban cerámicas foráneas (como plomizas del Soconusco/Guatemala) y bienes suntuarios, señal de redes interregionales. En cocina, la presencia de comales en contextos de Tula remite a la tortilla como base y a técnicas extendidas por el Centro de México. (Academia, Wiley Online Library, mesoweb.com)
Vida cotidiana
La vida cotidiana transcurrió en compuestos donde varias unidades domésticas compartían patios, altares de esquina, fogones y espacios de trabajo. Allí se aprendía: niños y jóvenes se formaban por imitación y práctica en los oficios del grupo doméstico —talla de obsidiana, alfarería, hilado— mientras que la élite se adiestraba en ritual, oratoria y guerra en ámbitos palaciegos y templarios. La arqueología doméstica del altiplano muestra justamente ese binomio “casa-taller”, y en Tula se han identificado hornos, áreas de cocción, basureros con desechos de talla y moldes de figurillas. El hallazgo de malacates de múltiples tamaños y materiales confirma la centralidad del textil; por paralelos etnohistóricos nahuas, el hilado y tejido recayeron en gran medida en mujeres, si bien la evidencia material nos habla, con cautela, de una cadena productiva distribuida en el barrio. (ResearchGate, Academia, Revistas INAH)
En los mercados y salas porticadas, el intercambio integraba a campesinos, artesanos y mercaderes; el Palacio Quemado, más que “residencia”, funcionó como nodo cívico-administrativo, quizá con funciones mercantiles y de consejo. Dos canchas para el juego de pelota articulaban competencias y pactos, y servían de teatro ritual. Al caer la tarde, el humo de los fogones salía de patios con metates y comales; en los corredores se contaban historias de reyes y emigraciones, mientras el orden urbano imponía una etiqueta de entradas por columnas-serpiente y pasos rituales bien marcados. (Lugares INAH)

Religión
La religión tolteca, lejos de ser monolítica, combinó cultos de lluvia (Tláloc), guerra y estrella matutina (Tlahuizcalpantecuhtli) y la densa teología vinculada a Quetzalcóatl. La Pirámide B —identificada con el Templo de Tlahuizcalpantecuhtli— coronaba los rituales públicos con sus atlantes-guerreros; en salas como la 2 del Palacio Quemado se documenta el único chacmool completo de Tula en su contexto original, pieza asociada a ofrendas y sacrificio en mesas/recipientes dorsales. Todo ello dialoga con el coatepantli y con un programa de frisos y pilastras donde sacerdotes y dignatarios quedan fijados en piedra. (Lugares INAH, University of California Press)
Alimentación
La alimentación y la salud se leen en huesos y dientes tanto como en ollas y hogares. Los estudios osteológicos de más de un centenar de enterramientos recuperados en la zona del museo de sitio permiten perfilar edades, sexos, tratamientos mortuorios y huellas de estrés, caries y desgaste masticatorio propios de dietas ricas en carbohidratos procesados en metate; varios entierros domésticos —incluyendo infantiles— se colocaron bajo pisos y altares, junto a ofrendas modestas. En contextos rituales se han recuperado depósitos con restos sacrificiales, lo que sugiere una relación íntima entre vida cívica y muerte sagrada. (difusion.inah.gob.mx, College of Sciences, University of California Press)
Tecnología
Tecnológicamente, Tula fue una ciudad de talleres. La talla prístina de navajas prismáticas de obsidiana verde alimentó la fabricación de puntas, cuchillos y ornamentos; la alfarería produjo vajillas utilitarias y de servicio, y la presencia de plomizas foráneas muestra gustos y conexiones; el trabajo del tecali está atestiguado por núcleos cilíndricos de perforación. En el textil, husos y malacates señalan hilado de algodón y de fibras de agave; y la propia arquitectura tolteca —columnatas, serpientes-columna, clavos arquitectónicos— evidencia soluciones constructivas pensadas para edificios amplios y techados. (Revistas INAH, Academia)

Muerte
La muerte —y lo que ocurría tras ella— estuvo presente en relieves y altares, pero también en el calendario cívico. El tránsito final podía cumplirse bajo el piso de la casa, en un patio con altar y braseros, o en depósitos vinculados a templos; la ciudad, además, fijaba en piedra una pedagogía de la pérdida y del renacer: serpientes que engullen huesos, águilas y jaguares que devoran corazones, cuerpos reclinados con cuencos sobre el vientre. En ese teatro sagrado aprendían las generaciones en una educación hecha de oficio, mito y ceremonia. (JSTOR, INAH)
El final
El final llegó entre tensiones internas, presiones climáticas y conflictos regionales. Hacia mediados del siglo XII, incendios arrasaron edificios del recinto sagrado; la población se replegó y la ciudad perdió su primacía. Siglos después, peregrinos mexicas caminaron entre sus ruinas y se proclamaron herederos de su saber: trasladaron esculturas, copiaron motivos y resignificaron Tollan como cuna de artesanos y reyes. La “sociedad tolteca” no fue un mito vacío: fue una ciudad viva, de talleres y cuarteles, de patios y plazas, que durante unos 250 años moldeó —con piedra, obsidiana y relato— una forma de civilización que el centro de México no olvidó. (mesoweb.com, Arqueología Mexicana)
Notas sobre la evidencia y debates actuales. La cronología y asentamiento de Tula han sido revisados recientemente con 68 fechas radiocarbónicas y 7 arqueomagnéticas, afinando el arranque en coyunturas pos-Teotihuacan y la transición Tula Chico→Tula Grande; la iconografía de atlantes, coatepantli y chacmool de Tula hoy se interpreta con mayor precisión contextual (administración/ritual en Palacio Quemado; asociación de chacmool con ofrendas; coatepantli como programa de muerte-renovación), y la función del Palacio Quemado se entiende como espacio cívico antes que vivienda. Persisten debates sobre el alcance político (¿estado regional versus “imperio”?) y la naturaleza de sus vínculos con Chichén Itzá; la evidencia material favorece contactos e influencias recíprocas más que una dominación unidireccional. (Cambridge University Press & Assessment, Lugares INAH, University of California Press, ResearchGate)
Fuentes clave consultadas (selección): síntesis cronológica y urbana (Healan, Cobean y Bowsher 2021); continuidad Tula Chico/Tula Grande y fuego (Cobean et al. 2021); identificación de Tollan histórica y escala urbana (Cobean & Mastache en Arqueología Mexicana); fichas INAH de Tula, Palacio Quemado y coatepantli; talleres y especialización (Hernández, Cobean, Mastache & Suárez 1999; revisión general de Healan 2011); malacates y textil (estudio de malacates de Tula); obsidiana de Sierra de las Navajas (Pachuca) y su rol macroregional; comal en Tula (Taube). (Cambridge University Press & Assessment, Arqueología Mexicana, Lugares INAH, INAH, Revistas INAH, JSTOR, Academia, Wiley Online Library, mesoweb.com)

