Gestión indígena del fuego en el SO americano

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Capítulo académico de libro colectivo, acceso abierto.

Referencia: Rosen, Arlene M.; Damick, Amara y Krause, Samantha (11 de agosto de 2026). “Heritage of Fire in the American Southwest: Ancient Landscape Management, Traditional Ecological Knowledge, and Contemporary Challenges”. En Haldon, J. F. y Fernandes, R. (eds.), Bridging History and Policy, pp. 441–454. Springer. DOI: 10.1007/978-3-032-24379-9_24. Capítulo completo

Región y culturas: valle superior del Río Grande y Suroeste de Estados Unidos; desde los primeros pobladores hasta las comunidades pueblo históricas.

Aportación: combina registros de carbón, geoarqueología y fitolitos procedentes de tres cuencas de Nuevo México: Dixon, Tesuque Creek y Arroyo de los Chamisos.

Los datos sugieren que los incendios fueron poco frecuentes antes de la llegada humana, pero aumentaron desde finales del Pleistoceno y comienzos del Holoceno, intensificándose durante el Arcaico medio y tardío. Los autores interpretan esta evolución como evidencia de una prolongada intervención humana mediante quemas controladas.

El estudio cuestiona la imagen de unas poblaciones cazadoras-recolectoras con una huella ambiental mínima. La gestión del fuego habría favorecido determinadas plantas, la biodiversidad, los hábitats animales y la estabilidad de los paisajes.

Los paisajes americanos encontrados por los europeos no eran espacios completamente “naturales”, sino territorios gestionados durante milenios. Debe incorporarse con prudencia: el aumento del fuego constituye un indicador compatible con intervención humana, pero no permite atribuir cada incendio a una quema intencionada.

Gestión indígena del fuego en el Sur de América

Resumen ejecutivo

Numerosos estudios paleoambientales indican un marcado incremento de la frecuencia de incendios tras la llegada humana a Sudamérica. En la Amazonía, antes de ~10.000 años cal BP el fuego era prácticamente inexistente, y solo se registra un auge significativo de incendios tras la colonización por cazadores-recolectores y agricultores indígenas. De manera similar, en los Llanos orientales (Orinoco) los sedimentos de un morichal muestran un “régimen de incendios locales muy frecuentes” entre 2220 y 1100 años cal BP. En la región andino-patagónica (40–46° S), registros lacustres señalan un aumento de fuegos de baja severidad desde hace ~3500 años, coincidiendo con ocupaciones humanas, aunque el cambio más drástico ocurre en el último siglo por la colonización europea.

La arqueología y etnohistoria documentan usos rituales y utilitarios del fuego por cazadores-recolectores: cazas masivas (incendios de maleza para encerrar animales), renovación de pastizales, manejo de cultivos incipientes y enriquecimiento del suelo (ej. Amazonía y sus Tierras Oscuras con carbón vegetal). Estos fuegos humanos alteran la composición de combustibles (transformando bosques en sabanas herbáceas), modifican ciclos hidrológicos (p. ej. aumento de escorrentía tras la deforestación) y modelan la biodiversidad (favoreciendo gramíneas pioneras frente a árboles no adaptados al fuego), creando retroalimentaciones ecológicas.

En entornos inundables se observa sinergia entre fuego y manejo hídrico: por ejemplo, en los Llanos de Moxos (Bolivia) los indígenas precolombinos construyeron camellones que protegían cultivos de las crecidas, pero la fertilidad se lograba también con tala y quema en los campos abiertos. De modo semejante, los zenú del Caribe colombiano desarrollaron complejos sistemas de canales y camellones (cubriendo >500,000 ha) para convivir con las inundaciones. Estas infraestructuras hídricas coexisten con quemas estacionales que mantienen pastizales y áreas de cultivo.

Cronológicamente, la huella de los incendios humanos en el sur del continente se extiende desde la colonización inicial (~12–8 ka) hasta hoy. Por ejemplo, en Amazonía casi no hay carbón pre-10 ka; en Patagonia central los fuegos aumentan a partir de ~3500 cal AP; en los Llanos empiezan temprano (≥2220 cal AP); y en la Mojana zenú ocurre una intensificación hacia 800–1500 d.C.. La Tabla comparativa y la cronología (abajo) resumen las evidencias.

Sin embargo, persiste debate sobre causas: aunque la evidencia sugiere un origen predominantemente antropogénico en la mayoría de casos, también se reconoce que fenómenos climáticos (sequías, ENSO) podrían haber potenciado incendios en episodios puntuales. Además, los proxies paleoecológicos tienen limitaciones –ej. carbón transportado por el viento, resolución temporal, falta de marcadores directos de origen humano– que dificultan la distinción estricta fuego “natural” vs. “indígena”. Ejemplos aparentemente contradictorios incluyen sitios como Campo Libre (Ecuador andino), con ausencia casi total de incendios por 30 milenios hasta ~4500 años BP, lo que resalta el vínculo entre llegada humana y fuego.

Comprender esta historia es crucial para la conservación actual. La manipulación ancestral del fuego creó paisajes seminaturales adaptados a quemas periódicas; replicar esos regímenes (a través de quemas controladas) puede prevenir incendios catastróficos y mantener biodiversidad en sabanas e inundables. En consecuencia, las estrategias de manejo actuales están incorporando cada vez más el conocimiento indígena sobre el fuego como herramienta ecológica.

Evidencia paleoecológica por región

La reconstrucción paleoecológica del fuego en el sur de América se basa en sedimentos lacustres y turberas que acumulan polen, carbón vegetal y otros proxies. Estos registros muestran patrones coherentes en varias subregiones:

  • Amazonía occidental y oriental (Gran Cuenca Amazónica): Antes de ~10 ka cal BP los núcleos de sedimentos presentan ausencia virtual de carbón, indicando incendios muy raros o nulos. Tras la llegada humana (~11–10 ka BP) comienzan a aparecer partículas de carbón con frecuencia creciente. El estudio reciente de Heijink et al. (2026) compiló 1.361 muestras de carbón y restos quemados en 303 puntos amazónicos y concluyó que los incendios forestales en la selva “casi nunca ocurrieron sin intervención humana”. Además, la presencia de Terra Preta (Tierras Oscuras Amazónicas) –suelos enriquecidos con carbón vegetal y cerámica indígena– indica manejo intencional del fuego para mejorar la fertilidad.
  • Llanos Amazónicos y del Orinoco (Venezuela/Colombia): Un estudio palinológico en un morichal (ciénaga de palmas Mauritia) de los Llanos orientales reporta que entre 2220 y 1100 años cal AP existió un “régimen de incendios locales muy frecuentes” coincidente con un morichal abierto y humedad similar a la actual. Más tarde, entre 1100-320 AP los incendios disminuyen al incrementarse los cuerpos de agua, y desde ~320 AP hasta el presente cambian con el desarrollo de un pantano denso. Esto sugiere que la variación hídrica moduló la frecuencia de fuego, pero la etapa inicial con incendios frecuentes coincide con ocupaciones prehispánicas.
  • Llanos de Moxos (Bolivia): Aunque faltan datos paleoecológicos directos publicados en español, la arqueología señala el uso de camellones precolombinos en sabanas inundables. Estos montículos elevados se construyeron en diversos humedales para proteger cultivos de las crecidas, y se desarrollaron principalmente entre 1000–1300 d.C. La investigación de Rodrigues et al. indica que estos camellones adaptados a distintos suelos no eran necesariamente sistemas agrícolas continuos o más fértiles que la tala y quema tradicional, sino respuestas a condiciones hidrológicas locales. La presencia simultánea de tales estructuras con indicios de quema de campos en Llanos sugiere que el fuego siguió siendo parte del manejo (véase más abajo).
  • Chaco Americano (Argentina/Bolivia/Paraguay/Brasil): El Gran Chaco, mayormente sabana y bosque seco, muestra hoy una alta recurrencia de incendios, pero los registros paleoecológicos son escasos. Estudios recientes detectan que el fuego ha moldeado la estructura de sus bosques y matorrales, con incendios tanto naturales (sequías estacionales) como antrópicos intensificados en las últimas décadas. A falta de datos detallados de sedimentos prehistóricos, se infiere que grupos cazadores de estas sabanas habrían usado el fuego para renovar pastos, aunque la mayoría de las referencias actuales se centran en monitoreo satelital moderno.
  • Andes Austral y Patagonia Norte (Chile y Argentina 40–46°S): Registros palinológicos en lagos y turberas muestran dominancia de bosques templados hasta hace ~3500 cal AP. A partir de entonces, aumenta la frecuencia de carbones sedimentarios de pequeñas quemas de escasa severidad, coincidiendo con evidencias arqueológicas de ocupación humana local. Este patrón sugiere que los cazadores-recolectores patagónicos comenzaron a usar el fuego (para caza, renovación de pastizales, etc.) hace varios milenios. No obstante, el cambio ecológico más abrupto ocurre en los últimos ~100 años, con la ocupación criolla y ganadería introduciendo incendios de gran escala y transformando los bosques originales. En resumen, los proxies paleo (pólenes de Nothofagus, raulí, etc., carbón) destacan un aumento de incendios asociado a actividades humanas precoloniales, que se exacerba con la colonización europea. Figura: Mapa físico de Sudamérica destacando las regiones discutidas (Amazonas, Llanos/Orinoco, Chaco, Andes/Patagonia, Mojana zenú). Las áreas sombreadas indican sabanas húmedas e inundables donde se aplicaron prácticas de camellones y quemas tradicionales.

Uso del fuego por cazadores-recolectores

Las culturas indígenas sudamericanas poseían una larga tradición de manejo del fuego como herramienta multifuncional. Los etnohistoriadores y antropólogos han documentado varios usos entre cazadores-recolectores:

  • Caza mayor: En bosques y sabanas, se sabe que grupos prehispánicos encendían fogatas para espantar y concentrar animales de cacería (por ejemplo, asustar guanacos y venados) hacia trampas naturales. Aunque escasa en fuentes directas, esta práctica de fogatas de cacería es común en etnografías comparadas.
  • Renovación de pastizales: Quemar el sotobosque o la sabana abierta estimula la rebrotación de gramíneas suculentas, fundamentales para herbívoros y rebaños mancomunados de caza. Las quemas estacionales limpian la maleza seca y mantienen mosaicos de vegetación joven. Por ejemplo, en la Amazonía de Venezuela los indígenas Pemón realizan quemas controladas para mantener los llanos abiertos a la temporada de lluvias.
  • Agricultura incipiente: Incluso antes de la agricultura formal, algunos grupos practicaron cultivos de ciclo corto en claros. Para ello, utilizaban la técnica de tala-roza-quema: quemaban fragmentos de bosque o sabana para obtener ceniza fertilizante, tal como señalan registros de campo en los Llanos de Moxos. Este método resultaba más productivo que depender únicamente de la escasa fertilidad de los campos elevados.
  • Enriquecimiento de suelos: En la Amazonía central existen las famosas Tierras Oscuras (Terra Preta), que contienen alto contenido de carbón vegetal y materiales indígenas. Se cree que estas enmiendas de carbón fueron añadidas deliberadamente junto con cenizas de fogatas antiguas, creando suelos extremadamente fértiles y estables en carbono. Esto indica un uso sistemático del fuego (y de sus subproductos) para mejorar la tierra.
  • Rituales y domesticación de paisajes: El fuego tenía también dimensiones sociales y rituales (no detalladas aquí), y en algunos casos los humedales antropogénicos, petroglifos y geoglifos sudamericanos sugieren quemas periódicas de sabanas que mantenían visible el paisaje para la comunicación intercomunitaria.

En conjunto, estos usos son respaldados indirectamente por los patrones paleoecológicos: las ocupaciones de cazadores coinciden con los aumentos de carbón sedimentario en sitios amazónicos, llaneros y patagónicos. La ubiquidad de la quema controlada refleja que los cazadores-recolectores “ tuvieron bastante que ver” en el historial de incendios, mucho más allá de lo que un bosque virgen produciría por sí solo.

Mecanismos ecológicos y procesos

El fuego humano altera profundamente los ecosistemas, con efectos en varios niveles:

  • Combustibles vegetales: Las quemas periódicas reducen la acumulación de material leñoso grueso, sustituyéndolo por hierba y matorral. Esto crea un feedback en el que los pastizales quemados con frecuencia facilitan posteriores incendios superficiales. En el Amazonas, la introducción de fuego abandonó áreas de bosque primario, promoviendo céspedes herbáceos y lianas resistentes, a diferencia de los bosques densos no adaptados al fuego. A nivel edáfico, la conversión de materia vegetal en carbón (p. ej. en Terra Preta) aumenta la retención hídrica y nutrientes en el suelo, modificando sustancialmente el ciclo biogeoquímico local.
  • Ciclos hidrológicos: El fuego disminuye la cubierta arbórea, lo que incrementa la escorrentía superficial y las oscilaciones del nivel freático. En humedales como morichales o pantanos, la quema de vegetación emergente puede reducir niveles de agua y favorecer la consolidación de suelos, como se infiere en el registro de palinología del morichal Mapire (Llanos de Venezuela). Asimismo, los sistemas de camellones zenú (Quebradas y Mojana) manipulaban flujos hídricos, de modo que mantener las plantas por encima del agua permitía controlar indirectamente la vegetación tolerante al fuego.
  • Biodiversidad y paisaje: Las quemas humanas a largo plazo han generado mosaicos de bosque, matorral y pradera. Los árboles no adaptados a incendios han sido reducidos en extensión (p. ej. Nothofagus fue reemplazado parcialmente por pastizales en Patagonia), mientras que especies pioneras y gramíneas mantienen la diversidad y servicio ecológico en entornos manipulados. Por ejemplo, la ecología de los Llanos de Moxos incluye bosques intermitentemente inundados y campos altos quemados, favoreciendo flora acuática (ludwigias, poligonáceas) durante los ciclos húmedos y vegetación de sabana en lo seco. Este “sistemas vivos” mosaicos responden tanto al fuego como a inundaciones, por lo cual el fuego humano constituye uno de los motores de la heterogeneidad estructural regional.
  • Retroalimentaciones de largo plazo: El uso continuo del fuego ha generado suelos antropogénicos más negros y fértiles, cambios en la fauna (especialmente megafauna extinta ahora sustituida por ganadería), y hasta alteraciones climáticas locales por emisión de carbono. Por ejemplo, al añadir carbón en las Tierras Oscuras, las sociedades precolombinas establecieron bancos de carbono a largo plazo, lo que contrasta con la percepción del fuego como mera pérdida de biomasa. Con todo, la quema regular ha creado un paisaje “en homeostasis” con estos fuegos: la supresión total de incendios en regiones evolutivamente propensas al fuego puede provocar acumulación peligrosa de combustible y pérdida de biodiversidad asociada a quemas (pastizales).

Sinergias con manejo hídrico y paisajístico

Las técnicas indígenas de manejo del agua y del terreno a menudo se integraron con el uso del fuego para maximizar la productividad:

  • Camellones y campos elevados: En los Andes (waru waru de Titicaca) y Llanos (camellones de Mojos), elevar el terreno mitigaba inundaciones y heladas. Por ejemplo, los campos elevados de la cuenca de Titicaca retenían calor de día para la noche, protegiendo cultivos de frío extremo. Estos sistemas, con suelos enriquecidos periódicamente, no requieren quemas frecuentes, aunque es probable que los terrenos adyacentes continuaran bajo manejo de tala y quema. En los Llanos de Mojos, se ha demostrado que los camellones se construían principalmente para evitar la inundación, no necesariamente para enriquecer suelos; de hecho, la tala, roza y quema seguía siendo una práctica agrícola importante. Así, los camellones ofrecían campos secos para cultivo, mientras los suelos de sabana quemados complementaban la fertilidad.
  • Redes hidráulicas zenúes: En la región de La Mojana (Caribe colombiano), los zenú edificaron ~1,600 franjas elevadas y 63 plataformas habitacionales interconectadas por canales y embalses. Esta ingeniería hídrica permitía sembrar y pescar durante lluvias extremas. Aunque el artículo citado no menciona incendios directamente, se entiende que dichas tierras elevadas favorecerían un uso más intensivo del suelo, posiblemente reduciendo la necesidad de limpiar extensas zonas boscosas por la mera elevación. No obstante, es plausible que se combinaran quemas estacionales en los campos alrededor de los canales (tal como ocurre en algunas prácticas indígenas actuales) para manejo de malezas.
  • Manejo de praderas en regiones áridas: El Gran Chaco y otras sabanas presentan menos sistemas hidráulicos formales, por lo que el fuego ha sido el principal “control” del paisaje abierto. En contraste, zonas con manipulación acuática (Mojos, Mojana) mostraron sinergias: el uso del agua controlaba la estacionalidad y los canales aportaban sedimentos fértiles, mientras que el fuego manejaba la vegetación seca. El resultado fueron ecosistemas antrópicos muy resistentes a las inundaciones y a la sequía, minimizando pérdidas de cultivos tanto por exceso como por ausencia de agua.

En síntesis, los ejemplos prehispánicos (waru waru, campos zenú, Llanos) evidencian que el fuego y el agua no actúan de forma aislada sino complementaria. Las civilizaciones andina y amazónica usaron el agua para estabilizar el ambiente y el fuego para reciclar nutrientes, crear pastizales productivos y expandir tierras agrícolas.

Cronología de incendios indígenas en el Sur Americano

La siguiente cronología resume los principales hitos temporales (años antes del presente) relacionados con la introducción y el manejo de fuegos por poblaciones indígenas:

timeline
    title Cronología de cambios y manejo del fuego en el Sur Americano
    15000 : Llegada de los primeros humanos a Sudamérica (Pleistoceno final).
    10000 : Primeros incendios frecuentes en la Amazonía tras la colonización humana.
    3500 : En la Patagonia Central (~40°S) se documenta aumento de incendios coincidiendo con asentamientos cazadores-recolectores.
    2200 : Período (2200–1100 cal AP) de fuegos recurrentes en humedales de los Llanos (morichales).
    1000 : Civilización Zenú construye miles de camellones y canales en La Mojana (Colombia).
    500  : La colonización europea (último milenio) introduce ganado y quema masiva de bosques, cambiando drásticamente el régimen de incendios.
Región / SistemaEvidencia paleoarqueológicaFechas clave (cal AP)Métodos / ProxiesReferencias / Estudios
Amazonía (Oeste/Este)Carbón en sedimentos lacustres; suelos Terra Preta antropogénicos>10,000–presente (incendios desde ~10 ka)Palinología; análisis de carbón sedimentario; radiocarbonoHeijink et al. 2026; estudios de Terra Preta
Llanos Orinoco (V/E de Col. y Ven.)Polen (Mauritia) en turberas; aumento de microcarbones2220–1100 cal AP: incendios muy frecuentesPalinología; microscopía de carbones (Leal & Bilbao 2011)Leal & Bilbao 2011
Llanos de Moxos (Bol.)Camellones (archaeología) y eventos de quema en sedimentos locales~1000–1300 d.C. (uso principal precolomb.)Topografía/campos elevados; fechados OSL y 14CRodrigues et al. 2014; análisis paisajísticos
Patagonia Norte/CentralCarbón vegetal en núcleos lacustres; polen arbóreo3500–2000 cal AP (inicio; picos en época colonial)Palinología; análisis de carbón sedimentarioMéndez & Reyes 2008; Giachello et al. 2023
Altiplano Andino (Titicaca)Waru-warú (camellones agrícolas) y artefactos500–1500 d.C. (auge Tiwanaku–Inca)Arqueología de paisaje; datación OSL/14CDenevan (Teor.) / Allen (casos andinos)
Humedales Caribe (Zenú, Col.)Camellones y canales prehispánicos (imágenes satélite)~800–1500 d.C. (S. XVII)Arqueología; teledetección y GISMartínón-Torres et al. 2026
Gran Chaco Americano(Principalmente datos modernos; lit. escasa)Regímenes bimodales actuales; inferencias para siglosSensores remotos, análisis dendro-hídricoEstudios recientes (San Martín et al. 2026)

Debates y controversias

El origen de algunos incendios antiguos sigue siendo discutido. Varios autores subrayan que la distinción entre fuegos “naturales” (causados por rayos o clima) y “antropogénicos” no siempre es clara. Por ejemplo, mientras el patrón general muestra que las grandes pampas e inundables amazónicas fueron poco propensas al fuego sin intervención humana, algunos eventos aislados pueden relacionarse con variabilidad climática (p. ej. sequías intensas en el Holoceno medio que dejaron picos de carbón en algunos lagos). Las limitaciones de los proxies son notables: el material carbonizado no distingue el tamaño ni la intencionalidad del incendio, y el registro polínico sólo refleja cambios vegetacionales generales. Estudios como el de Heijink et al. (2026) abordaron estadísticamente más de mil sitios amazónicos para separar señales “normales” de picos excepcionales. Aun así, la correlación temporal con asentamientos humanos (y su tecnología de fuego) es fuerte en la mayoría de las regiones.

Un ejemplo ilustrativo es el de un sedimento andino en Ecuador (Campo Libre, 2700 m) que muestra cero carbón por unos 30.000 años, hasta que aparece actividad humana hacia 4500 años BP. Esto sugiere que, aunque la vegetación prehumana era potencialmente inflamable, el fuego simplemente no ocurría sin ayuda. En Patagonia, sin embargo, algunos investigadores señalan que el gran aumento de incendios ocurridos tras el siglo XIX pudo deberse más a la introducción de ganado y técnicas intensivas que a culturas locales anteriores. En cualquier caso, el consenso actual favorece un modelo mixto: condiciones climáticas (temperatura/precipitación) determinan la carga de combustible, pero la ignición y frecuencia mayores son sobre todo resultado de la actividad humana precolombina.

Implicaciones para la conservación y manejo actuales

Reconocer el rol histórico del fuego gestionado por pueblos originarios tiene consecuencias directas para estrategias de conservación. Muchas regiones neotropicales son hoy parques nacionales o reservas, donde se busca eliminar todo fuego. Sin embargo, restablecer quemas controladas basadas en el conocimiento indígena puede proteger la diversidad y reducir el riesgo de incendios extremos. Por ejemplo, en campos cerrados de Brasil se ha comenzado a adaptar prácticas indígenas de quemas controladas para prevenir incendios forestales de gran magnitud. Asimismo, la elaboración de “biochar” moderna se inspira en las Tierras Oscuras amazónicas indígenas, reconociendo el valor ecológico de estas enmiendas de fuego antiguo. En resumen, las políticas ambientales modernas están incorporando la lección ancestral: los sistemas socioecológicos del sur de América funcionaron durante milenios con incendios periódicos, y su restauración (en escala adecuada) contribuye a un manejo más equilibrado y sostenible de bosques y sabanas.

Referencias clave (citas en notas): Estudios paleoambientales y arqueológicos recientes en español e inglés. Estas incluyen análisis de polen y carbón sedimentario, dataciones ^14C y OSL, y trabajos de síntesis (Heijink et al. 2026 en Frontiers of Biogeography, Leal & Bilbao 2011, Méndez & Reyes 2008, Rodrigues et al. 2014, Martínón-Torres et al. 2026, entre otros). Cada texto citado aporta evidencia empírica o revisión sobre el fuego antiguo y su vínculo con culturas indígenas en las regiones mencionadas.